8:00 del jueves 17 de Abril de 2009. Suena el despertador…
Me levanto al poco rato perezoso pero contento, al fin y al cabo me iba de pesca. Al subir la persiana, descubro un cielo totalmente cubierto y amenazante. Preparo mis cosas y según estoy saliendo por la puerta me llaman para cancelar la jornada.
No empezaba nada bien un día que finalmente acabó convirtiéndose en una maravillosa aventura, y es que la última vez que me aventuré sin muchas esperanzas, la cosa acabó con el barbo de la rivera Araya… Reuní valor y salí por la puerta.
Poco antes de llegar a la orilla de la Laguna del Campillo empieza a chispear, en pocos minutos me vi obligado a salir corriendo y buscar algún sitio donde refugiarme del agua. 20 minutos pasé bajo un puente, a 100 metros del agua y un molesto aire a ráfagas que hacía meterse un frío desmesurado por todo mi cuerpo mientras esperaba que la cosa se calmase. Por fín deja de llover y echo de nuevo a correr para llegar cuanto antes a una caseta de observación donde poder montar el equipo tranquilo.
A pesar de la abundante actividad de los barbos, el aire, las nubes y el color del agua hacía complicadísima la tarea de localizarlos, hasta el punto de tenerlos delante de las narices y ver únicamente el chapoteo y la carrera al asustarse por mi presencia. Opto entonces por buscar a los barbos entre las junqueras, coloco un 0,23 al final de mi línea y una imitación de quironómido de tamaño desmesuradamente grande.
Ahora podía ver a los barbos, los había bastante grandes y entre los juncos y ramas podía esconderme fácilmente, lo que me permitió acercarme mucho y facilitó bastante poner la mosca cerca de sus morros o realizar algunas fantásticas fotografías. Pescando prácticamente toda la mañana sin lanzar y empujando la mosca a punta de caña conseguí clavar 3 barbos que de la primera carrera partían o se soltaban entre los juncos.
Justo antes de la hora de comer clavé uno que quedó de nuevo enredado en los juncos, lo sujeté con fuerza… no se movía – Ya lo he perdido otra vez… – En esto vuelve a pegar otro tirón, seguía al otro lado de la línea y había quedado atrapado en los juncos. Así empezó la paciente tarea de sacar el pez del amasijo vegetal, poco a poco y con mucho tacto conseguí echarlo a tierra. Que maravilla!
La zona que pescaba de apenas 500 ó 600 metros de junqueras se volvía a llenar de barbos cuando me iba y unido al sumo cuidado con el que avanzaba entre la maleza me permitió clavar muchos barbos… pero únicamente fui capaz de sacar del agua este último. Un día lleno de emociones donde la lluvia y el sol me hicieron sentir muy especial.
Este barbete lo dedico a toda la gente que me lee en el norte de España y que tiene que quedarse muchos días sin pesca por la lluvia.
Un abrazo a todos.







